MINGA 7, año 5, semestre I, 2022

Universidad Mayor de San Simón – UMSS

Comunidad de Investigación para la Transformación de América Latina – CITAL

Minga. Revista de ciencias, artes y activismo para la transformación de América Latina
Año 5, número 7, primer semestre, 2022, Cochabamba, Bolivia.

Minga es un proyecto semestral de la Comunidad de investigación para la transformación de América Latina (CITAL) para la difusión de ciencias, artes y activismo en nuestro continente. Mediante acuerdo de colaboración con la Dirección de Formación Continua Grado y Posgrado de la Facultad Arquitectura y Ciencias del Hábitat, Minga acompaña el proceso de ejecución de la Maestría en Estudios del Desarrollo y el Hábitat con una perspectiva multidisciplinar, científica e internacional.

Jefe editor
Dr. Jan Lust
Universidad Ricardo Palma, Perú
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Coordinación editorial ejecutiva
Dr. Jhohan Oporto
Universidad Mayor de San Simón, Bolivia
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Diagramación
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Gestión OJS
Lic. Rocío Mérida Moscoso

Ilustración de portada
«El lince», Emil Gumiel Sandoval

Minga. Revista de ciencias, artes y activismo para la transformación de América Latina – 2022
© CITAL – Edición digital
Sitio UMSS: https://revistas.umss.edu.bo/index.php/minga/index
Sitio CITAL: https://minga-cital.com/
E-mail: minga@umss.edu
ISSN: 2704-5584
OPEN ACCESS – Licencia Pública Internacional — CC BY 4.0

Hecho en Cochabamba – Bolivia

Cuatro ideas sobre lo nuevo y lo viejo del trabajo en el mundo contemporáneo

DOI

Omar Cavero
Licenciado en Sociología y Magíster en Economía por la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). Maestrante en Estudios y relaciones del trabajo, en FLACSO-Argentina. Docente de la Escuela de Posgrado de la PUCP, investigador y consultor en temas de empleo y sindicalismo.
E-mail: cavero.omar@gmail.com
ORCID: 0000-0001-7934-5332

Recibido: 30-07-2022
Aceptado: 02-08-2022
Como citar: Cavero, Omar (2022), “Cuatro ideas sobre lo nuevo y lo viejo del trabajo en el mundo contemporáneo”, en Minga. Revista de ciencias, artes y activismo por la transformación de América Latina, Nro. 7, año 5, primer semestre, 2022, pp. 65-74, Cochabamba, DOI: https://doi.org/10.5281/8371103

ISSN: 2704-5584
OPEN ACCESS – Licencia Pública Internacional — CC BY 4.0

En la década de 1990 se planteó la tesis del “fin del trabajo”. La discusión fue muy intensa en Occidente. Uno de los autores que logró difundir este planteamiento con mayor eficiencia fue el norteamericano Jeremy Rifkin (1996). A la luz del persistente desempleo que existía en la economía estadounidense y del acelerado desarrollo tecnológico, Rifkin anticipaba que, progresivamente, el trabajo dejaría de ser necesario. Antes que él, en la década de 1980, el francés André Gorz (1982) discutía las implicancias y las posibilidades del fin de “la sociedad salarial”, modelo de sociedad basado en el trabajo asalariado y regulado del periodo fordista. En una línea similar se ubican los aportes del alemán Claus Offe (1985) en torno al “fin de la sociedad del trabajo”.

Esta discusión, recogida por De la Garza (1999) y Neffa (2001) es solo una pequeña muestra del tenor de las reflexiones en torno al trabajo tras desarrollarse lo que en la literatura es reconocido como una profunda “reestructuración productiva” en el sistema capitalista global, relacionada tanto con las crisis de 1973 y 1982 como con las aceleradas innovaciones en tecnologías de la información y las comunicaciones que tuvieron lugar entre las décadas de 1980 y 1990. Es el contexto en el que aparece la globalización como una temática específica, en el que se difunden con gran fuerza las ideas ortodoxas de la economía neoclásica -que dan sostén teórico a la ideología neoliberal- y en el que se consuma la caída del bloque soviético.

Desde entonces, es común encontrar apelaciones a aspectos “nuevos” en torno al trabajo[i]. El punto de referencia de la comparación se encuentra en el capitalismo de posguerra, marcado en Occidente por el Estado de Bienestar, la existencia de un organizado movimiento obrero y la vigencia de instituciones regulatorias laborales que aseguraban un conjunto de derechos conquistados desde finales del siglo XIX.

Tras las décadas de 1970 y 1980, se encuentra en la literatura la identificación de tendencias nuevas relacionadas con la organización del proceso de trabajo, las relaciones laborales, la composición de las estructuras socio-laborales, las construcciones ideológicas en torno al trabajo, el funcionamiento de los mercados laborales y la acción colectiva de los trabajadores, entre otras.

La pandemia de la COVID19, por su impacto no solo sanitario sino económico ha renovado esta discusión. ¿Se profundizarán las tendencias pre-existentes en materia productiva y laboral? ¿Aumentarán los niveles de desempleo, trabajo precario e informalidad? ¿Las innovaciones tecnológicas y las nuevas modalidades de trabajo reconfigurarán el panorama socio-laboral? ¿Se mantendrán, se profundizarán o cambiarán las tendencias identificadas por los estudios del trabajo contemporáneos? La reciente literatura retoma el registro de lo nuevo y lo viejo, con un punto de corte distinto: la pre-pandemia y la post-pandemia.

¿Pero qué es lo nuevo y qué es lo viejo en estas discusiones? ¿Cómo establecerlo? Existen dos riesgos al momento de intentar comprender las vertiginosas mutaciones de la sociedad moderna en los últimos dos siglos. El primero es asumir como fenómenos nuevos lo que en realidad son manifestaciones distintas de un mismo fenómeno. Un proceso social puede ser vigente en un periodo de larga duración y dar lugar, en su despliegue, a aspectos aparentemente novedosos pero que no son más que manifestaciones suyas. Incluso, puede tratarse de elementos de poca novedad histórica pero que se encuentran con una sensibilidad distinta en el observador contemporáneo. Parafraseando a Touraine (1979), más que cambios en el objeto podría haber cambios en la mirada. Ejemplo de ello lo encontramos en la discusión sobre la globalización en la década de 1980. Se presentó como una realidad radicalmente nueva un proceso de mundialización de la economía que es rastreable desde el siglo XVI (Wallerstein, 2011).

Un segundo riesgo es el atribuir a las innovaciones tecnológicas el carácter de causa de los cambios sociales y, entonces, temporalizar las transformaciones históricas en función de revoluciones tecnológicas o, de forma más reducida, en función de “inventos”. Por ejemplo, es común escuchar que los cambios producidos en la economía europea del siglo XVIII, conocidos como “primera revolución industrial”, tuvieron como causa la invención de la máquina a vapor patentada por James Watt. De manera muy similar, se atribuye a las innovaciones tecnológicas recientes, vinculadas con la incorporación de la informática en procesos productivos automatizados o el desarrollo de tecnologías digitales, la causa de las principales tendencias de cambio en materia de trabajo.

Lo que no se ve en esta operación mental –y por lo que la califico como un riesgo que debemos evitar- es que el desarrollo tecnológico debe situarse en procesos y relaciones sociales específicas. No solo porque la innovación es un producto social, sino porque las relaciones sociales dominantes determinan tanto la incorporación del saber técnico al proceso productivo como sus efectos. Esto lo comprendió bien el movimiento obrero de finales del siglo XIX: la causa del desempleo no eran las máquinas -que el movimiento luddita se empeñaba en destruir- sino su uso capitalista; es decir, la determinación social de esa tecnología.

Estos riesgos tienen como trasfondo, principalmente, el carácter acelerado de los cambios tecnológicos en los procesos productivos y las transformaciones en el estilo de vida de la población, algo que no solo es constatable entre generaciones sino a lo largo de un mismo curso de vida. Como lo dijera Marx (1970) en el Manifiesto del Partido Comunista, la sociedad capitalista ha desarrollado las fuerzas productivas como ningún otro régimen de producción anterior en la historia humana. La sensación de cambio es, por tanto, permanente.

Por ello, cabe intentar discernir qué es propiamente nuevo en el mundo del trabajo contemporáneo, en diálogo con la literatura especializada. La presente monografía tiene como objetivo exponer cuatro ideas breves sobre el trabajo en el actual contexto histórico. Las tres primeras se relacionan con las tendencias discutidas por la literatura en las últimas décadas y la cuarta en relación con los efectos de la pandemia de la COVID19 en el mundo del trabajo. Las ideas planteadas discuten en varios puntos lo señalado por Antunes (2009) sobre “el trabajo del presente y el futuro del trabajo”2[ii].

1.      Primera idea

Ricardo Antunes señala que en los años setenta “ocurrió la crisis estructural del sistema productivo” y que esta dio lugar a un “vasto y global proceso de reestructuración productiva que todavía no cerró su ciclo” (2009: 30). Este proceso de reestructuración sería un intento de respuesta, primero, al agotamiento del modelo taylorista y fordista de organización del trabajo; segundo, a las luchas sociales crecientes en Europa de finales de la década de 1960; tercero, a la rápida innovación tecnológica, que requería nuevas formas de organización. Junto con estos cambios se habría desarrollado también un ideario propio de la “empresa liofilizada” o flexible que requiere un “nuevo tipo de trabajo”. Aquel sería el trasfondo de las tendencias contemporáneas del trabajo y su “nueva morfología”.

Del planteamiento de Antunes se desprende que el elemento causal de este proceso de reestructuración sería de orden técnico-productivo. Una forma de organizar la producción habría llegado a un límite y la superación técnica de ese límite habría llevado, precisamente, a la reestructuración. Esta idea presenta dos debilidades. La primera es que ignora el lugar que tiene la dinámica de acumulación capitalista en los procesos de innovación técnica. La segunda es que asume que la única contención a la expansión del capital en el segundo tercio del siglo XX era de orden exclusivamente productivo.

Respecto a lo primero, es necesario retomar el planteamiento de Marx (2001) en El Capital referente a la producción de plusvalía relativa; esto es, respecto al aumento de la proporción y del volumen de trabajo impago que se apropia el capital mediante el abaratamiento de las mercancías de consumo masivo y, con ello, del costo de la fuerza de trabajo. Esta idea es fundamental pues da cuenta de cómo el capital, acicateado por la competencia, necesita desarrollar de forma constante las fuerzas productivas para aumentar la productividad. Este es un fenómeno que nace con el capitalismo y se despliega desde el siglo XVIII con una fuerza creciente.

Las llamadas revoluciones industriales no tienen su origen, por tanto, en cambios técnicos, sino precisamente en este proceso consustancial a la dinámica capitalista. A ello se suma, además, el crecimiento incesante del capital, que lleva a su concentración monopólica, a su centralización mediante el control capitalista de cadenas productivas y a su expansión a escala territorial y social, subsumiendo las diversas esferas de la vida social a la lógica de la producción de mercancías. En tal sentido, el proceso que se desarrolla entre las décadas de 1970 y 1990, incorpora innovaciones técnicas, incluyendo las formas de organización del proceso de trabajo, pero tiene detrás las relaciones capitalistas que gobiernan la producción social. Quizá por ello ese proceso de reestructuración, como dice Antunes, “perdura hasta hoy” -y es que no tendría por qué de- tenerse.

En segundo lugar, es necesario destacar que en las características y el ritmo de la acumulación capitalista también intervienen variables no económicas. Ejemplo claro de ello lo vemos en las movilizaciones obreras de finales del siglo XIX y en el nacimiento del movimiento sindical. Las demandas de la clase trabajadora por una jornada normal de trabajo, salario mínimo y condiciones de salubridad, entre otras, obligaron a la burguesía a renunciar a una parte del plusvalor y, a la vez, a ensayar diversas estrategias para evitar las regulaciones, combatirlas a nivel político o desestructurar al movimiento sindical. Coriat (1982) muestra cómo en los Estados Unidos el taylorismo se desarrolló en un contexto de abundante mano de obra extranjera que fue usada para sobrepasar al movimiento sindical local.

Este apunte es necesario pues los cambios técnico-productivos de las décadas de 1970 y 1990 fueron de la mano con el fin del Estado de Bienestar, la destrucción de la mayoría de regulaciones laborales de carácter protector y la instalación de la ideología neoliberal como pensamiento dominante. Estos elementos no son sino expresión de un cambio en la correlación de fuerzas que estaba en la base de lo que Gorz (1982) llama “la sociedad salarial”; es decir, el capitalismo “pre-reestructuración” en las sociedades industrializadas. Hago referencia a las contenciones que el movimiento obrero, los partidos comunistas y el bloque soviético habían logrado imponer a la acumulación capitalista. En tanto la clase obrera se fue debilitando y el bloque soviético dejó de resultar una amenaza para caer finalmente, las fuerzas del capital se desplegaron y retoma- ron, como lo demuestra Piketty (2013), características decimonónicas.

La idea que defiendo, es que la llamada “reestructuración productiva” es efecto del despliegue de la acumulación capitalista a escala global en un contexto de quiebre en la correlación fuerzas entre capital y trabajo. Se trata del despliegue de procesos pre-existentes que no son de orden técnico únicamente y que se intensifican dando lugar a nuevas manifestaciones. No niego con ello que existan cambios palpables en el mundo del trabajo de 1980 en adelante en relación con el periodo anterior. A lo que apunto es a que estos cambios son expresiones renovadas del mismo proceso de acumulación capitalista que opera desde el siglo XVIII y que tuvo, como excepcionalidad histórica, un periodo de regulación y estabilidad entre los años 1940 y 1960.

2.      Segunda idea

La segunda idea que planteo está relacionada con la anterior. Mientras la primera idea ponía énfasis en el carácter de la reestructuración productiva del último tercio del siglo pasado, esta se concentra en las manifestaciones de ese proceso en el mundo del trabajo. La literatura da cuenta de un conjunto de tendencias distinguibles desde ese momento de quiebre hasta la actualidad. Entre ellas pueden destacarse tres.

Una está relacionada con el crecimiento del desempleo. Como señala Neffa (2001), esta es la constatación que está detrás de las discusiones sobre el fin del trabajo. La presión por el crecimiento constante de la productividad y la acelerada innovación tecnológica manifiesta en la automatización de procesos productivos, está destruyendo más puestos de trabajo que los nuevos que el crecimiento económico genera. A su vez, este despunte técnico exige trabajadores cada vez más calificados, pero en un número cada vez menor en términos relativos.

Así, siguiendo a Antunes (2009), se ha ido gestando una pirámide laboral en la que se tiene una cúspide cada vez más reducida de trabajos ultra calificados, en el medio trabajos calificados en riesgo de desaparecer (y que se precarizan rápidamente) y en el extremo inferior una creciente cantidad de trabajos de muy baja calificación, precarios, autónomos, etc. o simplemente una masa de desempleados que crece en todo el mundo. Esta constatación es la que está detrás de las discusiones en torno al “precariado” (Standing y Madariaga, 2013) y que en América Latina en las décadas de 1970 y 1980 dio lugar a discusiones sobre la marginalidad (Quijano, 2014).

Una segunda tendencia hace referencia a la mercantilización del trabajo creativo o dicho de otro modo, a la incorporación creciente de la creatividad del trabajador en el proceso productivo, de manera muy distinta al modelo taylorista del obrero-máquina. Esta incorporación de la capacidad creadora tiene como correlato la incorporación subjetiva del trabajador en el proceso de producción al punto de fundir no solo su propia realización personal con el quehacer productivo sino también desdibujar la separación tanto subjetiva como objetiva existente entre el tiempo privado, orientado al bienestar personal, y el tiempo público, orientado a la producción de valor (Delfino, 2020). Es lo que Antunes (2009), apuntando al trabajo digital, denomina apropiación cognitiva del trabajo.

La tercera tendencia consiste en la creciente precarización de las condiciones de trabajo, expresión del desconocimiento o recorte de derechos conquistados por la clase trabajadora a inicios del siglo XX, como lo son la jornada normal de ocho horas, la estabilidad laboral, la seguridad social, el salario mínimo de subsistencia, el derecho a vacaciones, entre otros. Antunes se refiere a este proceso como “la erosión del trabajo contratado y reglamentado en el siglo XX” (Antunes, 2009: p. 32).

Es constatable que en las últimas tres décadas hay en todo el mundo una fuerte orientación a flexibilizar las relaciones laborales e incluso “deslaboralizarlas”, intentado diluir, mediante tercerizaciones e intermediaciones las relaciones entre empleadores y trabajadores. Los trabajos de plataformas digitales son un ejemplo (Köhler, 2020). Al mismo tiempo, como parte de la misma tendencia, se extienden modalidades de intensificación del trabajo mediante la multiactividad o multitasking y mediante la conexión permanente del trabajador a través de internet y dispositivos móviles. El telón de fondo de esto, de carácter masivo, es el desempleo camuflado como autoempleo individual o familiar en la forma de microempresas.

Estas tres tendencias, en consonancia con la idea anteriormente planteada, no tienen su origen únicamente en cambios de orden técnico-productivo; antes bien, tienen detrás procesos de largo aliento, consustanciales al régimen de producción capitalista, y cuyo despliegue apenas fue temporalmente contenido entre el final de la Primera Guerra Mundial y la crisis de la década de 1970.

De forma correspondiente, las tendencias mencionadas, se vinculan con, primero, la orientación del capital a incrementar su parte constante frente a su parte variable con el objetivo de agilizar el ritmo productivo y, así, abaratar mercancías para ganar en la competencia de mercado. El capital constante refiere al “trabajo muerto”; es decir, a los insumos e implementos de producción como herramientas y máquinas. Desde el siglo XVIII, aunque sobre todo en el XIX, se constata en Inglaterra cómo la gran burguesía incorpora maquinarias para lograr producción a gran escala. Al crecer esta parte constante (constante por no añadir valor, sino transferirlo), disminuye, en términos relativos, la parte variable, la contratación de fuerza de trabajo (variable por ser trabajo vivo que transforma su propio valor en valor nuevo o plusvalor).

Esta tendencia de cambio en la composición orgánica del capital no es exclusiva del periodo de la gran industria basada en la incorporación de máquinas, sino que se observa de forma constante en el tiempo hasta nuestros días. No es sino esta la tendencia que subyace a la automatización de procesos de producción, a la incorporación de sistemas informáticos y al uso capitalista de las innovaciones digitales.

Tanto en los albores industriales como ahora, el impacto de este proceso en la demanda de trabajo consiste en su disminución relativa y, por tanto, en el crecimiento del desempleo y en los cambios permanentes en las cualificaciones requeridas, haciéndose obsoletos en cada vez menor tiempo puestos de trabajo otrora demandados. Por tanto, no solo crece el llamado “ejército industrial de reserva”, sino que aumenta la competencia entre trabajadores por menores puestos y se extienden las actividades de subsistencia por fuera del trabajo asalariado.

Por otra parte, la mercantilización del trabajo creativo y la incorporación de aspectos subjetivos del trabajador en el proceso de producción, responde a un proceso también de largo aliento, consistente en la disociación entre el trabajador y el proceso de trabajo. Esto lo identifica Marx (2001) con suma claridad al analizar el paso de la manufactura a la gran industria en Inglaterra, entre los siglos XVIII y XIX. Él observa cómo el capitalismo no solo tuvo que separar al productor directo de los medios de producción para contar con mano de obra libre, sino también cómo, para aumentar su productividad, tuvo que ir superando los límites que el propio trabajo individual imponía al capital.

Estos límites radicaban en que el obrero traía consigo su conocimiento, sus herramientas, su fuerza física y, en fin, su individualidad. La manufactura tuvo como principal innovación –más relevante que cualquier invento técnico- la organización del proceso de trabajo para lograr un “obrero colectivo”, conformado por obreros cumpliendo labores parciales y complementarias de un mismo proceso de producción. Aquella primera superación del ritmo individual artesanal, fue seguido por el proceso de convertir la herramienta en una máquina-herramienta que al obrero solo tocaba operar, la fuerza física en energía obtenida de fuentes de la naturaleza (vapor, carbón, etc.) y el conocimiento en un proceso diseñado por fuera del saber obrero, subsumiendo la ciencia a las necesidades del capital.

La expresión más consciente y sincera de este proceso se encuentra en Taylor y su Organización Científica del Trabajo, pero se prolonga hasta nuestros días. El abandono del modelo taylorista y el paso a una mayor relevancia de la subjetividad y la creatividad, antes que significar un rescate de la autonomía del trabajador, es un paso más en el proceso de control de expropiación capitalista al trabajador. Mientras que en el modelo taylorista el trabajador podía mantener para sí su propia subjetividad y vida extra-laboral, la incorporación de la psicología, la sociología y la gestión en el management permiten al capital conquistar también esa esfera subjetiva. Los afectos, las emociones y la creatividad son nuevos ámbitos conquistados por el capital para elevar la productividad.

Por último, las tendencias flexibilizadoras, tercerizadoras y de intensificación del trabajo son también expresiones de procesos consustanciales a la acumulación capitalista y comprensibles solamente a partir de entender la necesidad del capital de compensar la caída de la tasa de ganancia producida por el aumento de la parte constante de su composición, como se explicó anteriormente. En la medida en que el capital solo puede obtener plusvalor del trabajo vivo, la reducción relativa de este trabajo impacta en la rentabilidad empresarial.

Aquel impacto puede compensarse de varias maneras. Uno es acelerando el ciclo entre producción y consumo (acá el crédito cumple un papel central), otro es aumentando la escala de producción, otro es conquistando nuevos nichos de mercado y otro, finalmente, es reduciendo el costo de la fuerza de trabajo e intensificando su utilización. Esta última estrategia es la que estaba detrás de la precarización laboral decimonónica y la que está detrás también de la precarización laboral contemporánea. La diferencia es de escala y de experiencia. Este proceso comprende hoy una proporción más grande de seres humanos, pues la producción capitalista ha impuesto sus términos en casi todo el globo, y es más sofisticado que antes, tanto en términos legislativos como ideológicos.

3.      Tercera idea

La tercera idea que propongo apunta a destacar fenómenos que sí tienen una novedad específica en el marco de los grandes procesos asociados a la acumulación capitalista, que expuse en las dos ideas anteriores. Uno de ellos es la hegemonía financiera en el proceso capitalista de producción. El tránsito de un capitalismo con primacía industrial a uno con primacía del capital especulativo coincide con la llamada reestructuración productiva. La economía capitalista de los años 1980 en adelante tiene una dinámica determinada por las finanzas. Estas anteceden a la producción, anteceden al consumo y condicionan la moneda y la recaudación de los Estados nacionales.

El impacto en el empleo es directo, pues, en tanto acelera y volatiliza el ciclo producción-consumo, obliga al capital a desarrollar procesos productivos flexibles y acentuar la tendencia a erosionar la estabilidad laboral. Al mismo tiempo, involucra a la clase trabajadora en modalidades diversas de crédito que empujan al trabajador a sobre-explotarse o a “disciplinarse” frente al capital, pues debe cuidar su fuente de ingresos para honrar las deudas contraídas. A ello sumemos más efectos como la propia segmentación interna de la clase trabajadora vía el consumo, lo cual dificulta la construcción de identidades colectivas.

Un segundo elemento de novedad específica es la incorporación de la generación y gestión de información en el proceso productivo. En las últimas dos décadas es notable incluso su centralidad. Este fenómeno, como se dijo ya, requiere de calificaciones especializadas de un sector de las y los trabajadores, cada vez más pequeño en términos relativos. Pero también tiene como efecto la posibilidad de que la producción se diversifique y particularice a un nivel muy alto. La generación de información mediante algoritmos y la big data permiten que la producción de bienes y servicios cuente con información muy precisa de las necesidades de los consumidores. El propio consumidor se convierte en un insumo productivo.

De ello se desprenden diversos efectos en el mundo del trabajo. Uno central es el alto nivel de sofisticación del control ideológico en la forma de una enajenación “individualizada”, oculta bajo la forma de libertad o autorrealización. La provisión permanente de información brinda al consumidor -que es también trabajador- la posibilidad de construir su particularidad a través de un mercado que “lo conoce”. Encuentra en el consumo un espacio de realización aparentemente libre. Este efecto subjetivo, con soporte objetivo en el proceso productivo que incorpora masivamente información específica, es terreno fértil para repertorios ideológicos como el emprendedurismo, la prédica de que el éxito está basado únicamente en el esfuerzo individual o que el malestar físico o psicológico de la enajenación tiene como causa solo variables biográficas. Todo ello erosiona la acción colectiva laboral.

4.      Cuarta idea

Como cuarta idea, quisiera destacar, en la línea de Weller (2020), que la pandemia profundiza las tendencias centrales del capitalismo contemporáneo y, por tanto, no nos lleva a una “nueva normalidad”, como algunas voces anunciaban. En materia laboral, las necesidades cuantitativas y cualitativas de la acumulación capitalista determinan el acceso al trabajo. Como señala Marx (2001), el capital tiene su propia ley de población. Las tendencias en curso, relativas a la precarización, a la destrucción de empleos de calificación intermedia y al crecimiento de la masa de trabajadores desempleados o autoempleados, no tendrían por qué detenerse. Antes bien, puede anticiparse que se acentúen.

Ante la paralización económica, las empresas tienden a echar a los trabajadores, sea mediante despidos o no renovaciones de contrato, a la vez que tienen incentivos para reducir salarios. La reactivación, en ese sentido, encuentra un mercado de trabajo con sobre-oferta de fuerza laboral disponible, lo que tiene un efecto negativo en el salario promedio, haciéndolo caer. Esto se constata en las estadísticas de Weller (2020). Del mismo modo, es posible esperar que las brechas internas de la clase trabajadora se intensifiquen y que mujeres, migrantes, grupos étnicos indígenas y jóvenes terminen ocupando los puestos menos calificados o engrosando las filas de la inactividad, el autoempleo o el trabajo en microempresas, fuera de toda protección laboral.

Por último, el desarrollo del teletrabajo y la extensión de las modalidades de trabajo basadas en plataformas digitales, algo ya constatable en todo el mundo, puede profundizar la tendencia previa a intensificar la explotación laboral, elevar el tiempo de trabajo y desdibujar la relación laboral entre trabajador y empleador. Las reflexiones de Köhler (2020) sobre la “economía de plataformas” y de Delfino (2020) sobre el teletrabajo apuntan a esa dirección.

Las plataformas de delivery, por ejemplo, si bien han incorporado una cantidad bastante alta de trabajadores antes sin posibilidad de emplearse, han extendido un tipo trabajo caracterizado por ser precario, sin horarios definidos, sin estabilidad y sin ningún tipo de protección social. Por su parte, el teletrabajo ha trasladado la dinámica productiva al ámbito reproductivo y de descanso, difuminando la diferencia entre lo público y lo privado y entre el espacio y el tiempo. El resultado es la disponibilidad absoluta del trabajador para fines productivos.

5.      Bibliografía citada

Antunes, R. (2009), «Diez tesis sobre el trabajo del presente (y el futuro del trabajo)», Neffa, J. y Garza Toledo, E. y Muñoz Terra (comps.), Trabajo, empleo, calificaciones profesionales, relaciones de trabajo e identidades laborales, vol. I, Buenos Aires, CLACSO, pp. 29-44.

Coriat, B. (1982), El taller y el cronómetro, Siglo XXI de España editores s.a., Madrid.

De la Garza, E. (1999), «¿El fin del trabajo o trabajo sin fin?», Castillo, J (ed.), El trabajo del futuro, Complutense, Madrid.

Delfino, A. (2020), «La irrupción del teletrabajo y el eterno retorno al debate sobre la regulación del tiempo de trabajo”, Revista Temas y Debates, Año 24, número especial, julio-diciembre 2020, pp. 215-224.

Gorz, A. (1982), Adiós al proletariado (Más allá del socialismo), El viejo topo, Barcelona.

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Melucci, A. (1994), «¿Qué hay de nuevo en los nuevos movimientos sociales?», Gusfield, J. y Laraña, E. (coords.), Los nuevos movimientos sociales: de la ideología a la identidad, Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS).

Neffa, J (2001), «Presentación del debate reciente sobre el fin del trabajo», De La Garza, E. Neffa, J., El futuro del trabajo, el trabajo del futuro, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales.

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Quijano, A. (2014), Cuestiones y horizontes: de la dependencia histórico-estructural a la colonialidad/descolonialidad del poder, Ciudad Autónoma de Buenos Aires: CLACSO.

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Standing, G., & Madariaga, J. (2013), El precariado: una nueva clase social, Barcelona, Pasado & Presente.

Touraine, A. (1979), La voz y la mirada. Revista mexicana de sociología, 41(4), pp. 1299-1315.

Wallerstein, I. (2011), El moderno sistema mundial. La agricultura capitalista y los orígenes de la economía-mundo europea en el siglo XVI, México, Siglo XXI.

Weller, J. (2020), “La pandemia del COVID-19 y su efecto en las tendencias de los mercados laborales”, Documentos de Proyectos (LC/TS.2020/67), Santiago, Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).

Notas

[i] Y no solo en relación con el trabajo. En casi todas las áreas de las Ciencias Sociales se encuentra esta misma sensación general de novedad. Ejemplo de ello son los estudios sobre acción colectiva y la discusión sobre los “nuevos movimientos sociales” (Melucci, 1994).

[ii] Este es precisamente el nombre del artículo en referencia: “Diez tesis sobre el trabajo del presente (y el futuro del trabajo)”.

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